La hiperproductividad nos está matando poco a poco y en silencio. El estrés y la inflamación crónica hacen que nuestro cuerpo sufra las consecuencias de un mundo acelerado y competitivo, donde el tener y el aparentar crecen exponencialmente, a la vez que la humanidad se debilita.
Somos verdugos y víctimas de nuestra propia trampa por estar siempre valorando solo a quien más tiene.
Estamos descuidando la salud que necesitamos para poder disfrutar de lo que realmente importa: estar en paz y en calma, para sentirnos y apreciarnos de verdad. Hemos perdido el respeto por nosotros mismos.
Los traumas y las autoexigencias se disfrazan de éxito y filantropía, todo para compensar una autoestima muy frágil.
Debemos resolver los problemas de base para que empecemos a funcionar mejor.
Recuerda esto: Si no somos, no podemos hacer. Porque todo lo que hagamos sin ser, no será coherente con nuestra identidad y no durará en el tiempo.
LA VIDA CONVIERTIENDOSE