Tu presencia en el mundo siempre está justificada. Si eres de los que se preguntan «¿qué hago aquí?», te diré que tu propósito no tiene nada que ver con el éxito, sino con el servicio a los demás.
Desde esa conciencia y la libertad de elección, siempre puedes volver a aquello que te hacía infeliz; ahí siempre buscan gente. Naces con un carácter y en un entorno que te predispone, pero no te obliga. En este mundo cabemos todos.
La vida es aquí y ahora. Hazte preguntas incómodas para obtener respuestas interesantes, pues el confort prolongado genera debilidad. Mientras tanto, busca la intersección entre lo que quieres de la vida y lo que la vida quiere de ti. Hay que aprender a leer las señales. El cuerpo es tu mejor compañero: primero te susurra, luego te habla y, por último, te grita. Es el más fiable, ya que la mente se enreda con facilidad.
La primera parte de tu vida es un borrador, una oportunidad de aprendizaje para descifrar la segunda y dejar de vivir de forma inconsciente o en piloto automático. Estamos sumidos en una pobreza afectiva por el individualismo y la desconexión con nosotros mismos, la naturaleza y los demás. Nuestra mente y nuestro ego nos ganan la batalla; estamos constantemente saltando de una cosa a otra sin reflexionar. Hay que volver a empezar.
El fruto del pensar tiene que ser siempre algo más grande que tú: algo que beneficie a los demás, nos lidere y nos transforme. Recuerda que es mejor florecer tarde que perecer sin haber florecido.
AQUI CABEMOS TODOS